Del laboratorio a tu vida: la historia del termo y cómo Stanley lo cambió todo.
El termo no nació en una cocina. Nació en un laboratorio.
En 1892, el científico escocés James Dewar necesitaba conservar gases a temperaturas extremas para sus experimentos. Su solución fue un recipiente de doble pared con vacío entre las dos capas, lo que eliminaba casi por completo la transferencia de calor. Lo llamaron el frasco de Dewar. Nunca lo patentó.
Ese detalle lo cambió todo. En 1904, dos sopladores de vidrio alemanes vieron el potencial comercial del invento y comenzaron a fabricarlo para el público general. Le pusieron nombre: Thermos. Así nació el termo como lo conocemos. Imagen de referencia.

Ahí entra Stanley
En 1913, el ingeniero William Stanley Jr. trabajaba en los laboratorios de General Electric buscando maneras de aislar una cocina eléctrica. Fue entonces cuando descubrió algo: podía replicar el principio del termo, pero reemplazando el frágil interior de vidrio con acero inoxidable.
El resultado fue una botella térmica casi indestructible, lista para el uso rudo del día a día. Dos años después comenzó su producción en masa. Más de 110 años después, Stanley sigue fabricando prácticamente con el mismo principio que lo hizo famoso.

Del laboratorio a tu vida
Lo que empezó como una herramienta científica hoy viaja contigo a todos lados. La tecnología no cambió tanto: sigue siendo vacío, acero y física básica. Lo que cambió es que ahora viene en decenas de colores y cabe perfecto en el portavasos de tu coche.
